Sábado 29 de Noviembre
Centro Recreativo Xalapeño
16:00 Horas.
Luego de formar parte de la Antología Teatro de la Gruta, que reúne a los autores finalistas del Premio Nacional de Dramaturgia Joven, se edita esta versión individual de la obra Un torso, mierda y el secreto del carnicero de Alejandro Ricaño, a cargo de Ediciones Anónimo Drama. La cita, sábado 29 de noviembre en punto de las seis de la tarde en el Centro Recreativo Xalapeño.
De entre la infinita gama de emociones que despierta y despliega la construcción de literatura –el acto de escribir– acaso la angustia sea la sensación recurrente y sempiterna que acompaña a los creadores. Hablar de literatura es referirse a inmensidades, multitudes y dimensiones desorbitadas en calidad y cantidad. Escribir literatura es enfrentarse a lo inconmensurable, pálpito inmanente que sin revelarse del todo deja sentir su presencia elefantina. Nada más angustiante que la búsqueda de la palabra precisa, el recorte del infinito y lo posible en una escena, un párrafo o un verso. Fue Michel Tournier quien sostuvo en El espejo de las ideas que “la angustia no tiene un objeto preciso. Así como el miedo procede de una presencia hostil, la angustia nace de una ausencia”. No sobra decirlo: la literatura es el juego, religión y arrebato de los ausentes, de lo que están sin ser, de los que han sido y son y de los que serán sin estar. Escribir es tomar prestadas las palabras y las imágenes de los que nos han precedido. Escribir, desde luego, es emular.
En Un torso, mierda y el secreto del carnicero Alejandro Ricaño nos participa de su angustia al homenajear a Alfred Jarry; aquel dramaturgo francés que aún adolescente habría de legarnos, más que un nombre, una sensibilidad. Ubú en todas sus variantes y presentaciones es una visión de mundo a la que Ricaño rinde honores con atino y solidez. Su obra es la prueba que continúa una de las principales tradiciones y contrastes de la literatura mexicana: si bien el autor es joven su trabajo demuestra una escritura madurada y una preocupación formal resuelta con destreza, humor y desencanto.
Trabajada dentro del laboratorio dramático en que se ha convertido el Premio Nacional de Dramaturgia Joven “Gerardo Mancebo del Castillo”, Un torso, mierda y el secreto del carnicero es un experimento bien resuelto de lo que el autor concibe como “narración escénica”; esto es, la supresión de acotaciones en pos de una resolución a través del fluir mismo de la obra, de la vitalidad de los diálogos y la contundencia y dinamismo de las acciones.
El texto, a ratos comedia y a ratos tragedia –la categoría no importa–, se distingue por la agilidad en los diálogos, la fuerte y clara caracterización de los personajes, la fluidez de las escenas, el humor tenebroso y sobre todo por la reflexión sobre la naturaleza del genio, el deseo y el siempre escabroso ejercicio de la escritura. Marcel, el asesino, es un escritor obsesionado con el talento de Jarry, lo que instaura una relación del tipo Mozart y Salieri que, bien sabemos, acaba por consumir al menos dotado, generalmente obsesivo y envidioso. La expresión y resolución de este conflicto de intereses es el acierto principal de la obra, dato que me remite a aquella novela sublime de Thomas Bernhard (El malogrado) en la que es posible entrever y sentir el infierno del mundo del arte, de la naturaleza humana. Escribe Ricaño por boca de Marcel: “Comenzó mi desgracia. Allí, al final de la sala, contemplaba la perfección. Y encontraba a mi mediocridad desnuda, puesta frente a un espejo (…). En ese momento supe que perdía la paz para siempre”. La literatura entonces como fundamento de la angustia. También de la neurosis.
Otro de los aciertos es la aparición de los personajes en secuencias discursivas superpuestas, es decir que al momento en que se hace referencia a un sujeto y una circunstancia determinada, al personaje aludido, éste se hace presente y toma parte de la narración contándose a sí mismo, representándose dentro del relato del otro: su voz se actualiza traslapándose en la enunciación primera. Esta argucia escénica me parece precisa, bien llevada y encomiable.
Todos lo personajes son representaciones concretas de tipos psicológicos delimitados. Felicia es el juguete y el combustible del escritor; mujer sumisa y golpeada: el punching bag que toda mitología del genio artístico requiere. Maurice, el carnicero, a la vez que hilarante, es el articulador de la obra, dueño del secreto. Marcel es el escritor frustrado, el genio literario de colonia, un wanna be: sencillamente, el que no escribe. En cierto sentido Marcel es una digna caracterización de todos aquellos agrupados, nos reconozcamos o no, bajo el luminiscente rótulo de poetas menores.
Finalmente se destaca, por su ausencia, el violinista, quien más que un personaje es un presentimiento, espectro y mudo testigo de las acciones que se tañen en torno suyo. Su presencia es un susurro, mero acompañamiento que otorga la atmósfera a la obra entera. El violinista es también un reflejo de la angustia de la creación, interpretación cargada de buenas intenciones que en el fondo se sabe espuria.
La obra de Alejandro Ricaño, además de revelarse como un ejercicio crítico, hilarante y denodado de algunas de las más humanas pasiones, nos recuerda que la única moral posible del escritor es la fidelidad con el texto. Así, no importa destripar personajes, ser un asesino o enarbolar la misoginia: el escritor verdadero sabe que todas las conductas de los seres humanos, por más abyectas o miserables que parezcan, no son sino herramientas para nutrir la literatura. El universo moral del escritor radica en las inagotables posibilidades del lenguaje; el universo moral del autor, desde luego, es harina de otro costal.
Esta obra de Alejandro Ricaño, que ha conocido ya varios y felices montajes, es una promesa no exenta de realidad llamada a ser un alto y digno referente de la dramaturgia mexicana contemporánea.
Rafael Toriz